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XVII Certamen Literario


Semana Santa de Martirio y Pasión

1er. Premio modalidad Narrativa

Original de Dña. Fuensanta Caravaca Hernández.

Dña. Fuensanta Caravaca

- Marisa, son ya las 5:30, ¿cuánto te falta?

- Nada, solo colocarme el velo.

- Venga apresúrate, a ver si es posible que salgamos ya, si no luego no encontraremos asiento en la iglesia.

Si Miguel, ya voy.

Esto de colocarme el velo de encaje italiano, que guardo para Semana Santa, es como si me vistiese para desempeñar un personaje en el teatro de la vida. Me miro en el espejo y lo coloco estableciendo cada pliegue del mismo, lenta y conscientemente; igual que actúo para controlar esas pulsiones internas que a veces me desequilibran.

Lo sujeto con una horquilla que tiene tres brillantitos, el único signo de exuberancia que permito a mi aspecto en estas fechas de cuaresma; casi un paralelismo con el acallamiento de esa otra yo, esa Eva que oculto bajo mi piel, incluso en el interior de mis órganos, pero que siempre termina por surgir; en latidos con intervalos de aparición decrecientes en duración. La percibo, la siento latir en el abdomen, extenderse por todo mi cuerpo con un calor abrasador. En esos momentos que me percato de su presencia, la iglesia, el rosario, el sermón... es una especie de salvación; aunque a veces las imágenes que me transmite se intensifican de tal modo que de nada sirve rezar.

Por eso me gusta la Semana Santa, dispongo de ese refugio las veinticuatro horas del día, la iglesia permanece abierta y en cualquier momento puedo acudir a ella. Los crespones negros, las figuras tapadas y la sencillez descarnada y simbólica de Cristo en la custodia, no despiertan a la Eva de imaginación febril que habita en mi interior.

- En dos minutos salimos, no espero más Marisa.

- Nada, mira ya estoy aquí, ¿para qué tanta premura si aún falta casi una hora?

- Ya viste ayer como estaba la iglesia, no cabía nadie más. D. Salvador predica de forma emocionante.

Salgo cogida del brazo de Miguel, toda vestida de negro, para algo es Viernes Santo, erguida y cimbreante sobre los tacones que compre para este día. Aún así, el general me saca unos centímetros de altura. Me casé con él hace cinco años, y a pesar de que me doblaba la edad, era a sus sesenta y seis años el hombre adecuado para mí, según la madre superiora del convento de Carmelitas, en el que ingresé de novicia durante una temporada, buscando una vez más acallar a esa Eva desbocada, instintiva y un tanto lasciva que surgía en mi mente y en mi cuerpo cada vez con más fuerza.

Sor María me observó desde el primer momento que llegué al convento, fue conocedora de mis sofocos, de mis ansias, de mis propias visiones ilusorias; como cuando oraba ante el cuadro de la virgen amamantando al niño y yo embelesada veía sus pechos retozones hincharse y reventar ante la caricia de los infantiles labios, asemejándose a las granadas rajadas que cuelgan de los árboles en septiembre.

Ella un día me lo dijo:

- Marisa, el Señor desea para ti otro destino, te quiere en el mundo.

- Lo que usted crea conveniente Madre, será lo que yo haga.

- Conocemos un hombre, general del ejército retirado, viudo y sin hijos, algo mayor que tú, que es una persona que te aportará sosiego, ya que está en una edad en la que los instintos no le sobrepasan y solo le guía la tranquilidad y la paz del alma. Precisa de una mujer que le acompañe y le cuide, a cambio le oferta una seguridad económica y posición social.

Así entré en la vida del general y él en la mía. Miguel lo que hizo fue ralentizar mi ritmo. Se pasa los días esperando, ¿esperando qué?, no lo sé muy bien; y como él, yo también me he acostumbrado y he asumido la ausencia de cualquier amenidad cotidiana.

Miguel es un señor, no hay duda, su trato es correcto, menos rígido de lo que algunos creen, aunque su pose de general la utiliza mucho y eso a veces se confunde con altanería. En momentos especiales, como ahora en Semana Santa, gusta de lucir las condecoraciones al mérito y servicio que le otorgaron. Pero en realidad el general es mi marido a nivel espiritual, económico y social, entre nosotros no hay carnalidad y eso en vez de adormecer a Eva, al contrario, la hace estar más inquieta en la cárcel de mi sosegada vida. En las noches calurosas, o al ver las parejas de novios en el parque, la siento incordiándome, lacerándome, como chiflidos de aire.

- Mira allí en el segundo banco hay plaza para los dos, ¿te parece bien o prefieres un reclinatorio en la capilla?.

- No Miguel, esta bien, sentémonos en el banco.

- Aquí escucharemos perfectamente a D. Salvador.

D. Salvador es nuestro párroco desde hace tres años, su edad ronda la treintena, es un joven apuesto que se consume en una fe ciega un tanto melodramática. En sus arengas desde el púlpito, plenas de exacerbaciones y de imágenes espeluznantes, arranca sollozos a los feligreses, que se ven anhelando un cielo idílico y abocados a un infierno demoledor.

Sus sermones me gustan, catequiza para liberarnos del hedonismo de los sentidos. En los oficios de esta Semana Santa desgrana uno a uno los pasajes de la pasión y muerte de Cristo, animándonos a seguir sus pasos. Eso quiero yo, dominar las pasiones que me hacen flaquear, vivirlas como un martirio y un ofrecimiento para sublimarlas y elevarme espiritualmente. Este estado de transcendencia en el que me sumo, lo facilita el olor a cera y a incienso, el recogimiento y el silencio del templo, la sacralización de todas las horas de estos días..., sin embargo, no puedo evitar que desde lo más recóndito de mis profundidades surja Eva, tan vital y tan instintiva que me anula.

Eso me ocurrió ayer, en el Santo Oficio del Jueves Santo, en el lavapies. Eva me inundo y al observar la escena, experimente cosquillas entre los dedos de mis pies, una caricia suave sobre mi empeine, el tacto cálido y suave de las manos de D. Salvador en mis talones, el contraste frío del agua deslizándose, sentí erizarse el vello de mis piernas y el suspiro que se le escapo a Eva, lo convertí raudamente en una oración susurrada. Ni Miguel que estaba a mi lado percibió mi turbación, o si la percibió no supo a qué se debía, más bien la atribuiría a mi fervor y devoción.

Desde el púlpito D. Salvador está hablando, no sé exactamente que dice, su voz profunda que surge a borbotones, provoca un efecto relajante, casi adormecedor, si no fuese por la modulación cambiante y brusca que realiza para enfatizar el mensaje de austeridad y sacrificio que desea transmitir.

No obstante, la calidez de su voz ha vuelto a despertar a Eva y en mi mente surge un conflicto entre los mensajes que verbaliza D. Salvador y las imágenes que la oculta Eva elabora con ellas. Mi cuerpo se rinde, se rinde a ese juego mental, a sentir lo que me provoca, a percibir los sonidos y los olores que me hacen transcender... y lo doy por bien empleado, por algo es Semana Santa, semana de martirio y pasión. "Y los soldados pusieron sobre su cabeza una corona de espinas"

Siento mi carne abrirse, desgarrándose, venciéndose ante un dolor que crece en pulsaciones ascendentes.

"Y venían a él y le daban bofetadas"

Siento como ese dolor lo hago mío, elevándolo en crescendo, superando el umbral del desagrado, provocándome oleadas de sangre presionando y sensibilizando mi piel, dificultando y agitando mi respiración, agudizando mi percepción neuronal y en ese momento transmuto ese dolor y empiezo a vislumbrar, a saborear ese placer ansiado, tantas veces anhelado y sofocado, tantas veces prohibido.

"El cual cargando sobre sí la cruz salió hacia el sitio llamado calvario"

Ese incipiente placer se va apoderando de cada porción de mi cuerpo, desde mi mente desciende abrasando con su calor.

"Y era como la hora sexta, cuando toda la tierra oscureció... y expiró"

Justo en ese momento siento crujir la base de mi columna en un estallido palpitante, inconmensurable, incontrolable, gozoso, que me rinde toda, expandiéndose en violentas sacudidas que me inundan en oleadas.

D. Salvador acaba su sermón y yo experimento al unísono y por primera vez la eclosión del placer que me proporciona mi cuerpo, cuyo rugir acallo con un tronador AMEN.

Al mirar hacia el altar creo vislumbrar a Dios que ante el orgasmo sonríe, porque su obra es perfecta.



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