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Aprender a Morir 2º. Premio modalidad Narrativa Original de Dña. María de la O Guillén Sánchez. |
Dña. Mª. de la O Guillén |
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Tengo que ir a visitarla. Desde el día que lo supe estoy posponiéndolo. Tengo que ir. Hace más de un mes que me lo dijeron. Fue en la consulta del hospital. Esperando turno para una revisión rutinaria a mi madre se nos acercó una conocida de modales toscos, grandona y desgarbada. Nos saludó con un hablar húmedo y exagerados elogios, yo sentía en mi boca lo amargo de su aliento. No tardé en desentenderme de su verborrea. Ella prosiguió expulsando palabras que se estrellaban, sin dejar rastro, con las retahílas de mi madre. Hasta que dijo algo que me rozó y se quedó flotando. La mujer, percatándose de mi interés, lo repitió gustosa. Y esta vez sus palabras me dieron de lleno haciendo diana en mi estomago que se encogió como plástico en el fuego. Orgullosa de poder darme la información que yo requería acercó su espeso vaho a mi cara y solícita en exceso continuó diciendo con su voz de tiple: - Claro que la conoces, es tu amiga Victoria. Pobrecilla, estaba esta mañana en la consulta de oncología esperando el resultado de la biopsia. Daba una pena, bla, bla... Siguió detallando nimiedades, pero volví a escucharla cuando aseguró: - Dicen que tienen que quitarle un pecho, pero la cosa no pinta bien porque también tiene bultos en el otro... Entre aspavientos hundió su índice en mi hombro alargando su lastimero voceo y su salivar. Pero yo no escuchaba, me levanté y corrí hacia el baño donde alivié mis nauseas. Sentada en un corredor apartado permití que mi recuerdo huyera veloz hasta el año en que conocí a Victoria: "Yo tenía nueve años; ella uno menos. Con su familia, acababa de llegar desde otro pueblo para quedarse a vivir aquí. En el colegio andaba un poco apartada y yo la invité a jugar. Congeniamos desde el primer momento. El tiempo ha hecho hermoso el recuerdo del día que junto a otras chicas fuimos a conocer a su madre. Nos llevó a su casa y nos presentó a una mujer menuda y sonriente: - Mira mamá éstas son Pili, Lucía y Conchi... Entonces me pasó el brazo sobre los hombros y con orgullo, continuó: - Y ésta... ésta es Mi Amiga. Su madre me abrazó con ternura. Yo me sentí importante, aunque entonces no supe por qué. Nos hicimos inseparables. Compartíamos todo, los bocadillos, la piruleta que chupábamos un rato cada una, el polo que mordisqueábamos con premura para que no nos chorreara... Y aprendimos la una de la otra; ella me enseñó a no tragar la saliva almibarada y de color rosa de aquellos chicles de bola; yo la enseñé a hacer muñecas de trapo. Juntas rezamos a San Antonio para que nos saliera un novio. El cine era nuestra pasión; por poco dinero veíamos dos películas, y hasta el nodo nos gustaba; por él sabíamos lo que pasaba en otras ciudades, nos encantaban los pases de modelos y, en blanco y negro, conocimos las excentricidades de Dalí tirando huevos a un lienzo donde chorreaban además, lo que suponíamos eran colores. Desde nuestros asientos viajábamos, vivíamos muchas vidas, y terminábamos con los labios hinchados de tanto comer pipas. Luego llegaban las inolvidables noches de agosto en el cine de verano. El tiempo que duraba la película lo pasábamos con un ojo en la pantalla y el otro en lo oscuro del cielo porque queríamos ver como las estrellas corrían jugando al escondite, y por cada una que se movía pedíamos al unísono un deseo. Juntas éramos singulares; yo con el cabello rizado y rubio claro, de piel lechosa, frágil y ordenada. Ella era fuerte y Adana, y su pelo lacio lucía negro y brillante. La única similitud entre nosotras era nuestra lágrima fácil. Una tarde llegó a mi casa llorando sin consuelo, yo también me puse a llorar sin saber porqué. Los suspiros no la dejaban hablar, y entre hipos me dijo que había muerto Nino Bravo. Y entre hipos la consolé. Tras un largo viaje en un destartalado autobús conocimos el mar y el fatídico resultado del sol en nuestra piel, untada con un mejunje compuesto de aceite, yema de huevo y vinagre. Inmortalizamos en fotos aquellos días blancos jugando con la nieve y haciendo efímeros muñecos. A dúo chapurreamos canciones de los Beatles, y a escondidas leíamos las traducciones de las letras de los Rolling Stones. A voz en grito cantamos las flechas de Karina y con la escoba de los Sirex barríamos todo lo que nos molestaba. Trastabillando aprendimos a bailar el Twist y la Yenca. Bajo los frondosos albaricoqueros comimos su fruto cuando era verde a sabiendas que, después, tendríamos que soportar con un mutis los retortijones de barriga. Creíamos ser las únicas que veían la belleza de los largos campos de trigo salpicados de amapolas. Cuidamos gorriones caídos del nido a medio emplumar, luego les atábamos una cinta en una pata y los soltábamos. Nuestra memoria apuntó el olor a melocotón madurado en el árbol, el del tomate recién cogido, el de la paja en la era tras la trilla. Y orladas de flores, idealizando el amor y la libertad, fuimos creciendo, y a la vez que nosotras, crecía también la amistad." Tengo que ir a visitarla. Su casa quedaba a las afueras del pueblo. Entré por la senda de arriba. Me paré bajo la sombra de su gran higuera de la que colgaban bolsitas de tela blanca que, ella hábilmente, colocaba a las brevas para que los pájaros no las picoteasen. La vi sentada en el pretil de la balsa donde guardaban el agua para regar un pequeño huerto. Estaba con las rodillas encogidas, la barbilla entre ellas, con los brazos rodeaba sus piernas apretándolas contra el pecho. La curva de su espalda se apoyaba en un gran macetón, y su mirar se perdía entre los pies descalzos. Me recordó una noche, tiempo ha, en que la vi sentada en la misma postura, pero en el poyo de su casa, con una camiseta de manga corta y la mirada hundida en una novela que tenía entre los pies. Tranquila leía bajo la tenue luz de una farola, con la particularidad de que esa noche debíamos rondar los cero grados. Yo me dirigía a casa con mi padre enfundada en un largo abrigo, la cara medio cubierta con una gruesa bufanda y en las manos unos guantes de lana. Crucé corriendo la calle mientras le gritaba: - ¡Te vas a helar! Me senté a su lado y muy juntas compartimos el abrigo con una manga para cada una. Unimos nuestras cabezas y enrollamos la bufanda a nuestros cuellos. Me puse un guante en la mano izquierda, ella el otro en su derecha, y como si de una sola y oronda niña se tratara, terminamos de leer la novela de Corín Tellado. Mi padre se alejó riendo. Aparté mis recuerdos y bajé la cuesta. Al llegar a su lado le sonreí en, silencio y acaricié su brillante cabeza de donde había huido su pelo azabache. Saqué un pañuelo de seda de mi bolso y fui a ponérselo, pero con suavidad lo cogió, y con voz cansada me dijo: - No se puede tapar la nada, y aquí no hay nada, mejor soltamos el pañuelo para que juegue con el viento. Lo dejó caer y el viento lo voló ladera abajo. Con sus agrandados ojos fijos en los míos, mientras se pasaba ambas manos por todo el cuerpo, con un mohín de resignación, continuó: - Y todo esto, pronto, también será nada. Solo quedara lo que tú, Mi Amiga, guardes aquí. Y con las yemas de sus dedos golpeó mi frente mientras sus labios dibujaban un amago de sonrisa. Entre sollozos nos abrazamos, y a voces e increpamos a la muerte intentando ahuyentarla, y reprochamos al cielo que nos dejara inermes ante tamaña enemiga. Me quedé con ella y le ayudé en la última y difícil tarea de aprender a morir. Yo contaba cincuenta años; ella uno menos. |
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